El último hombre

El último hombre

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Mi amigo y yo seguíamos allí, contemplándolos, sin prestar ya atención a la música. Hasta que sonó el último acorde y el sonido fue extinguiéndose en lentos ecos. La voz poderosa e inorgánica -pues en modo alguno podía asociarse con el mecanismo de los fuelles o las teclas- acalló su tono sonoro y la muchacha, al volverse para ayudar a su anciano compañero, nos vio al fin.

Se trataba de su padre y ella, desde la infancia, había sido el lazarillo de sus oscuros pasos. Eran alemanes, de Sajonia, y se habían trasladado allí hacía unos años, creando nuevos lazos con los aldeanos de la región. Cuando llegó la peste se les unió un estudiante alemán. No costaba adivinar cómo se había desarrollado la sencilla historia: él, aristócrata, se había enamorado de la hija pobre del músico y los había seguido en su huida de los amigos de él, que los perseguían. Pero la Gran Igualadora no tardó en llegar con su afilada guadaña para segar, además de la hierba, las altas flores de los campos. El joven fue una de sus primeras víctimas. La muchacha sobrevivió por su padre. La ceguera de él le permitió mantenerlo engañado, y así se habían convertido en seres solitarios, únicos supervivientes de la tierra. Él desconocía el alcance de los cambios y no sabía que, cuando escuchaba la música que interpretaba su hija, las montañas mudas, el lago insensible y los árboles inconscientes eran, exceptuándolo a él, todo su público.


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