El último hombre
El último hombre La música -lengua de los inmortales, se nos revelaba como testimonio de su existencia-; la música, «llave plateada de la fuente de las lágrimas»,90 hija del amor, bálsamo de la pena, inspiradora de heroÃsmo y pensamientos radiantes. ¡Oh, música, en nuestra desolación te habÃamos olvidado! Por las noches no nos alegraban las flautas, las armonÃas de las voces ni los acordes emotivos de las cuerdas. Pero entonces llegaste a nosotros, lo mismo que cuando se revelan otras formas del ser. Y asà como la belleza natural nos habÃa embargado, llevándonos a imaginar que contemplábamos la morada de los espÃritus, ahora podÃamos imaginar que oÃamos sus melodiosas conversaciones. Nos detuvimos, paralizados por el mismo temor reverencial que podrÃa haberse apoderado de una pálida sacerdotisa que visitara algún templo sagrado en plena noche y contemplara la imagen animada y sonriente del objeto de su veneración. Nos mantenÃamos en silencio y muchos se arrodillaron. Sin embargo, transcurridos unos minutos, unos acordes conocidos nos devolvieron a un asombro más humano. La música que sonaba era «La creación», de Haydn, y a pesar de que la humanidad ya se habÃa vuelto vieja y arrugada, el mundo, nuevo aún como el primer dÃa de la creación, podÃa seguir celebrándose con el mismo himno de alabanza. Adrian y yo entramos en la iglesia. La nave estaba vacÃa, aunque el humo del incienso se elevaba desde el altar y nos devolvÃa el recuerdo de inmensas congregaciones reunidas en catedrales atestadas. Subimos hasta la tribuna. Un anciano ciego se sentaba a los fuelles. Era todo oÃdo y, concentrado en la música, el placer iluminaba su semblante, un rostro de ojos apagados, si bien sus labios entreabiertos y todas las arrugas de su rostro expresaban entusiasmo. Al teclado, una joven de unos veinte años, pelo castaño que descendÃa hasta sus hombros y frente despejada y hermosa que tenÃa los ojos arrasados en lágrimas. Los esfuerzos que hacÃa para acallar sus sollozos transmitÃan un temblor a todo su cuerpo y encendÃan sus pálidas mejillas. Su delgadez era extrema. La languidez y, ¡ay!, la enfermedad consumÃan su cuerpo.