El último hombre
El último hombre ¡Pobre muchacha! Su padre y ella reposan ya, juntos, bajo el nogal en que el amado de ella también yace, y que mientras agonizaba nos señaló con el dedo. ¿Y el padre? Consciente al fin del peligro que corría su hija, incapaz de ver los cambios de su amado rostro, le agarró la mano y no la soltó hasta que la rigidez y el frío se apoderaron de ella. No se movió ni dijo nada hasta que, doce horas después, la muerte, benévola, le trajo a él también el reposo eterno. Descansan bajo la tierra, con el árbol por mausoleo. Recuerdo con gran claridad ese lugar sagrado, bajo el palio del escarpado Jura. de los lejanos e inconmensurables Alpes. La aguja de la iglesia que frecuentaban sigue elevándose sobre los árboles circundantes. Y aunque su mano ya está fría, todavía me parece que los sonidos de la música divina que tanto amaba resuenan en el aire y amansan sus plácidos espíritus.