El último hombre
El último hombre Habíamos llegado a Suiza, por el momento la etapa final y la meta de nuestros esfuerzos. No sé por qué, pero habíamos visto con esperanza y placentera expectativa su congregación de montes y cumbres nevadas y habíamos abierto nuestros corazones con ánimo renovado al viento del norte, que incluso en pleno verano soplaba desde un glaciar cubierto de frío. Mas, ¿cómo podíamos albergar esperanzas de alivio? Como nuestra Inglaterra natal y la vasta extensión de la fértil Francia, aquella tierra cercada por montañas se hallaba desierta de habitantes. Si ni las desoladas cumbres de sus montañas, ni los riachuelos nacidos del deshielo, ni el biz, ese viento del norte cargado de frío, ni el trueno, domador de contagios, los había mantenido con vida a ellos, ¿cómo íbamos a pedir nosotros la exención?
