El último hombre
El último hombre ¿Y quién, además, quedaban por salvar? ¿Qué tropa seguía en condiciones de resistir y combatir al conquistador? No éramos más que un precario residuo que aguardaba, sumiso, el golpe inminente. Un carruaje medio muerto ya por temor a la muerte, una tripulación desesperada, rendida, casi imprudente que, montada en el tablón de la vida, a la deriva, había olvidado el timón y se resignaba a la fuerza destructiva de los vientos. Así como las pocas mazorcas de un vasto campo que el granjero olvida cosechar son abatidas al poco por una tormenta invernal; así como unas pocas golondrinas, rezagadas de la bandada que, al sentir el primer aliento del otoño, emigra a climas más benignos, caen al suelo ante el primer embate helado de noviembre; así como la oveja perdida que vaga por la ladera de la colina, azotada por el aguanieve mientras el resto del rebaño se halla en el aprisco, muere antes del amanecer; así como una nube, igual a las muchas que cubren el cielo impenetrable, no acude a la llamada de su pastor, el viento del norte, que conduce a sus compañeras «a beber del mediodía de los antípodas»,91y ella se difumina y se disuelve en el claro éter, ¡así éramos nosotros!