El último hombre
El último hombre Dejamos atrás la orilla izquierda del hermoso lago de Ginebra y nos adentramos en las quebradas alpinas. Viajábamos siguiendo el bravo Arve hasta su nacimiento, a través del valle rocoso de Servox, pasando junto a cascadas y a la sombra de picos inaccesibles. Mientras, el exuberante castaño cedía el paso al abeto oscuro, cuyas ramas musicales se mecían al viento y cuyas formas recias habían resistido mil tormentas, y la tierra reverdecida, el prado cubierto de flores, la colina ataviada de arbustos, se convertían gradualmente en rocas sin semillas y sin huellas que rasgaban el cielo, en «huesos del mundo, aguardando verse revestidos de todo lo necesario para albergar vida y belleza».92Resultaba extraño que buscáramos refugio allí. Parecía claro que, si en países en los que la tierra, madre amorosa, acostumbraba a alimentar a sus hijos, la habíamos visto convertida en destructora, no hacía falta que buscáramos nada allí donde, azotada por la penuria, parece temblar en sus venas pétreas. Y, en efecto, no nos equivocábamos en nuestras conjeturas. Buscábamos en vano los glaciares inmensos y siempre móviles de Chamonix, grietas de hielo colgante, mares de aguas congeladas, los campos de abetos retorcidos por las ventiscas, los prados, meros caminos para la avalancha estrepitosa, y las cimas de los montes, frecuentadas por tormentas eléctricas. La peste se enseñoreaba incluso de aquellos lugares. Cuando el día y la noche, como hermanos gemelos de idéntico crecimiento, compartían su dominio sobre las horas, una a una, bajo las grutas heladas, junto a las aguas procedentes del deshielo de nieves de mil inviernos, los escasos supervivientes de la raza del hombre cerraban los ojos a la luz para siempre.