El último hombre
El último hombre Mis sensaciones presentes se confunden hasta tal punto con el pasado que no sé decir si ya tuvimos conocimiento de ese cambio mientras permanecíamos en aquel lugar estéril. Creo que así fue, que pareció como si una nube que pendía sobre nosotros se hubiera retirado, que del aire se hubiera apartado un peso; que a partir de ese momento respiraríamos sin tanto impedimento y que nuestras cabezas se alzarían, recobrando parte de nuestra anterior libertad. Y sin embargo no albergábamos esperanzas. Habitaba en nosotros la sensación de que nuestra raza estaba sentenciada pero que la peste no sería nuestra destructora. El tiempo que quedaba era como un poderoso río por el que desciende una barca encantada cuyo timonel mortal sabe que el peligro más obvio no es el que debe temer, pero que, con todo, el peligro se encuentra cerca; y que flota temeroso entre profundos precipicios, a través de aguas bravas y oscuras, y ve en la distancia formas más raras y amenazadoras hacia las que se ve impelido irremisiblemente. ¿Qué iba a ser de nosotros? ¡Ojalá un oráculo de Delfos, una sacerdotisa pitia, pronunciaran los secretos de nuestro futuro! ¡Ojalá un Edipo resolviera el enigma de la Esfinge! Como Edipo yo acabaría siendo, no porque adivinara ni una palabra del acertijo, sino porque, entre dolores agónicos, viviendo una vida impregnada de pesar, sería el mecanismo mediante el cual se desnudarían los secretos del destino y se revelaría el significado del enigma, cuya explicación pondría punto final a la historia de la humanidad.