El último hombre
El último hombre bosques tan antiguos como los montes
de prados ondulantes, soleados,94
donde pacía el rebeco y la tímida ardilla acudía a declamar sobre los encantos de la naturaleza y a embriagarse de sus bellezas inalienables, nosotros, en nuestro mundo vacío, nos sentíamos felices.
Pero, ¡oh, días de dicha! Días en que los ojos hablaban a los ojos y las voces, más dulces que la música de las ramas oscilantes de los pinos, que el murmullo sereno de los riachuelos, respondían a mi voz. ¡Oh, días desbordantes de beatitud, días de propicia compañía, días amados, perdidos, que no logro retener.! Pasad ante mí, y en vuestro recuerdo hacedme olvidar lo que soy. Contemplad mis ojos llorosos que empapan este papel insensible, contemplad mis gestos que se tuercen en lamentos de agonía apenas regresáis a mi memoria, ahora que, solo, mis lágrimas se vierten, mis labios tiemblan, mis gritos llenan el aire sin nadie que me vea, que me consuele, que me oiga. ¡Oh, días de dicha! Permitidme morar en vuestras dilatadas horas.