El último hombre
El último hombre En cumplimiento de este plan abandonamos Chamonix al día siguiente. No había motivo para apresurar la marcha; más allá de nuestro círculo, no había nada que encadenara nuestra voluntad, de modo que cedíamos a todos los caprichos y nos parecía que invertíamos bien nuestro tiempo si lográbamos contemplar el paso de las horas sin horror. Nos demoramos en el encantador valle de Servox. Pasamos largas horas sobre el puente que, salvando la quebrada del Arve, domina una vista de sus profundidades tapizadas de abetos y de las montañas nevadas que la rodean. Avanzamos sin apresurarnos por la romántica Suiza. Mas el temor a que nos atrapara el invierno nos llevó finalmente a proseguir, y en los primeros días de octubre llegamos al valle de La Maurienne, que conduce hasta Cenis. No sé explicar los sentimientos enfrentados que nos asaltaron al abandonar aquella tierra de montañas. Tal vez fuera porque veíamos en los Alpes la frontera que separaba el pasado del futuro y queríamos aferrarnos a lo que, en nuestra vida anterior, tanto habíamos amado. Tal vez, como eran tan pocos los impulsos que nos instaban a elegir entre dos modos de proceder, nos complacía preservar la existencia de uno de ellos y preferíamos la idea de lo que estaba por hacer al recuerdo de lo que ya habíamos culminado. Sentíamos que, por ese año al menos, el peligro había pasado, y creíamos que durante algunos meses nos tendríamos los unos a los otros. Aquel pensamiento nos llenaba de una mezcla de agonía y placer; los ojos se inundaban de lágrimas y sentimientos tumultuosos desgarraban los corazones; más frágiles que la «nieve que cae sobre el río»93 éramos todos y cada uno de nosotros, pero tratábamos de dar vida e individualidad al curso meteórico de nuestras diversas existencias, y nos esforzábamos porque ningún momento se nos escapara sin haber gozado de él. Así, avanzando sobre ese límite borroso, éramos felices. ¡Sí! Sentados bajo los peñascos, junto a las cascadas, cerca de