El último hombre

El último hombre

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He oído decir que la visión de los muertos confirma a los materialistas en sus creencias. A mí me sucedía lo contrario. ¿Era ése mi hijo, ese ser inmóvil, corruptible, inanimado? Mi hijo adoraba mis caricias, su voz encantadora revestía sus pensamientos con sonidos articulados de otro modo inaccesibles; su sonrisa era un rayo de alma y esa misma alma ocupaba el trono de sus ojos. Ya concluyo mi descripción fallida de lo que era. ¡Toma, tierra, tu deuda! Voluntariamente y por siempre te entrego el envoltorio que reclamas. Pero tú, dulce niño, hijo querido y bondadoso, irás -irá tu espíritu- en pos de una casa mejor, o, venerado en mi corazón, vivirás mientras mi corazón viva.

Depositamos sus restos bajo un ciprés, custodiados por la montaña. Y entonces Clara nos dijo:

-Si deseáis que viva, llevadme lejos de aquí. Hay algo en este paisaje de belleza trascendente, en estos árboles, colinas y aguas, que me susurra siempre: «abandona la carga de tu carne y únete a nosotros». Os ruego encarecidamente que me saquéis de aquí.

Así, el 15 de agosto dijimos adiós a nuestra villa, al vergel sombreado donde habitaba la belleza, a la bahía serena y a la cascada parlanchina. Nos despedimos de la tumba del pequeño Evelyn y a continuación, con el alma encogida, proseguimos nuestra peregrinación hacia Roma.


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