El último hombre
El último hombre Un día después lord Raymond se detuvo en casa de Perdita camino del castillo de Windsor. El rubor en el rostro de mi hermana, y el brillo de sus ojos me revelaron a medias su secreto. Con gran contención y haciendo gala de una gran cortesía se dirigió a nosotros, y al momento pareció hacerse un sitio en nuestros sentimientos y fundirse con ella y conmigo. Me dediqué a observar su fisonomía, que variaba mientras hablaba y que, en todos sus cambios, se mostraba hermosa. La expresión habitual de sus ojos era dulce, aunque en ocasiones brillaban con fiereza. De piel muy pálida, todos sus rasgos hablaban de un gran dominio de sí mismo; su sonrisa agradable, exhibía sin embargo, con frecuencia, la curva del desdén en sus labios; labios que a ojos femeninos representaban el mismo trono de la belleza y el amor. Su voz, por lo general suave, sorprendía en ocasiones con una nota súbita y discordante, que indicaba que su tono grave habitual era más obra del estudio que de la naturaleza. Lleno de contradicciones, inflexible y altivo, amable pero fiero, tierno y a la vez desdeñoso, por algún extraño arte le resultaba fácil obtener la admiración de las mujeres, tratándolas con dulzura o tiranizándolas según su estado de ánimo, pero déspota en todos sus cambios.