El último hombre

El último hombre

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En aquel instante, sin duda, Raymond deseaba mostrarse amigable. En su conversación se alternaban el ingenio con la hilaridad y la profunda observación, y pronunciaba todas sus frases con la rapidez de un destello de luz. No tardó en conquistar mi distante reticencia. Me propuse observarlos a él y a Perdita y tener presente todo lo que había oído en su contra. Pero todo parecía tan ingenioso, y tan fascinante, que me olvidé de todo excepto del placer que el contacto con él me proporcionaba. Con la idea de introducirme en los círculos políticos y sociales de Inglaterra, de los que pronto habría de formar parte, me relató algunas anécdotas y me describió a muchos personajes. Su conversación, rica y entretenida, impregnaba mis sentidos de placer. Habría triunfado en todo, menos en una sola cosa: se refirió a Adrian con el tono de absoluto desprecio que los sabios mundanos vinculan siempre al entusiasmo. Percibía que el nubarrón se aproximaba y trataba de disiparlo. La fuerza de mis sentimientos no me permitía pasar a la ligera sobre aquel tema sagrado, de modo que le hablé con gran aplomo.






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