El último hombre
El último hombre -Permíteme declarar que me siento devotamente unido al conde de Windsor, que es mi mejor amigo y benefactor. Reverencio su bondad, coincido con sus opiniones y lamento amargamente su actual, y espero que pasajera, enfermedad. Lo peculiar de su dolencia hace que me resulte especialmente doloroso oír que se habla de él en términos que no son los del respeto y el afecto.
Raymond respondió, aunque en su respuesta no había nada conciliatorio. Comprendí que, en su corazón, despreciaba a quienes se entregaban a otros ídolos que los mundanos.
-Todo hombre -dijo- sueña con algo, con amor, honor y placer; tú sueñas con la amistad y te entregas a un loco; muy bien, si esa es tu vocación, sin duda estás en tu derecho de seguirla... -su pensamiento pareció azuzarlo, y el espasmo de dolor que por un momento atormentó su semblante, sirvió de freno a mi indignación-. ¡Felices los soñadores! -prosiguió-. ¡Que nadie los despierte! ¡Ojalá pudiera soñar yo! Pero el largo y luminoso día es el elemento en el que habito; el deslumbrante brillo de la realidad invierte, en mi caso, la escena. Incluso el fantasma de la amistad me ha abandonado, y el amor... -se le quebró la voz. Yo no sabía si el desdén que curvaba sus labios lo motivaba la pasión que sentía o si iba dirigido contra sí mismo, por ser su esclavo.