El último hombre
El último hombre Tras ocuparme de ello recorrí todas las calles y rincones de Forli. Aquellas ciudades italianas presentaban un aspecto de desolación mayor que las de Inglaterra y Francia. La peste había aparecido en ellas antes y en ellas había culminado su misión y su obra mucho antes que en las nuestras. Tal vez el verano anterior ya no hubiera conocido a ningún ser humano con vida en el espacio incluido entre las costas de Calabria y los Alpes, al norte. Mi búsqueda fue del todo infructuosa, y sin embargo no desistí. Creía que la razón estaba de mi parte y no debía ignorar ninguna posibilidad de que en alguna parte de Italia existiera algún superviviente como yo, en aquella Tierra baldía y despoblada. Mientras así vagaba por la ciudad vacía fui pergeñando un plan para mis operaciones futuras. Proseguiría viaje hasta Roma. Tras asegurarme, mediante una búsqueda exhaustiva, de que no dejaba atrás seres humanos en las ciudades por las que pasara, en todas ellas, en algún lugar visible, escribiría con pintura blanca y en tres idiomas: «Verney, el último de la raza inglesa, habita en Roma».
Para llevar a cabo mi plan entré en el taller de un pintor y me procuré pintura. Resulta curioso que una ocupación tan trivial me hubiera consolado hasta el punto de animarme. Pero la pena dota de fantasía la infantil desesperación. A esa inscripción simple sólo añadí: «Ven, amigo Te espero», Deh, vieni! ti aspetto!