El último hombre
El último hombre A la mañana siguiente, con algo parecido a la esperanza por compañera, salí de Forli camino de Roma. Hasta ese momento los dolorosos recuerdos y las expectativas siniestras me atenazaban cuando despertaba y me acunaban en mi reposo. En muchas ocasiones me había rendido a la tiranía de la angustia; muchas veces había decidido poner fin a mis desgracias. La muerte infligida con mis propias manos era un remedio, un remedio práctico que me daba consuelo. ¿Qué podía temer en el otro mundo? Si existía el infierno y yo era condenado a él, me convertiría en adepto del sufrimiento de sus torturas. La acción sería fácil y constituiría el rápido y cierto fin de mi deplorable tragedia. Pero ahora esos pensamientos se desvanecían antes las nuevas expectativas. Proseguí mi camino pero no como antes, cuando sentía que cada hora, cada minuto, era una era llena de incalculable dolor.