El último hombre

El último hombre

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Había llegado a lo alto de un monte desde el que se divisaba Spoleto. Alrededor se extendía la llanura, flanqueada por unos Apeninos cubiertos de castaños. Una quebrada oscura descendía por un lado, vencida por un acueducto de altos arcos que se hundían en el claro, más abajo, lo que atestiguaba que el hombre en otro tiempo se había dignado dedicar sus esfuerzos y sus ideas a aquel lugar, a adornar y civilizar la naturaleza. Naturaleza salvaje e ingrata, que con sus actos violentos destruía sus vestigios, mostrando su renovación constante y frágil de flores silvestres y plantas parásitas alrededor de esos edificios eternos. Me senté sobre una roca a contemplar. El sol había bañado en oro el aire por poniente, y al este las nubes capturaban el brillo y lo convertían en belleza fugaz. Me hallaba en un mundo que me contenía a mí como único habitante. Cogí el bastón y conté las muescas. Veinticinco. Veinticinco días habían transcurrido sin que otra voz humana me alegrara los oídos, sin que mi mirada contemplara otro rostro. Veinticinco días largos, cansados, seguidos de noches oscuras, solitarias que, mezclándose con todos mis años pasados, se convertían en parte del pasado -esa nada que se recordaba-, una porción real e innegable de mi vida... Veinticinco largos, largos días.




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