El último hombre
El último hombre Me levantaba todos los días al alba y abandonaba mis aposentos desolados. Mientras mis pies recorrían el país deshabitado, mi mente vagaba a través del universo y me sentía menos desgraciado cuando podía, absorto en mis ensoñaciones, olvidar el paso de las horas. Al caer la noche, y a pesar del cansancio, detestaba encerrarme en cualquier casa para pasar la noche. Y así, hora tras hora, seguía sentado a la puerta de la residencia que hubiera escogido, incapaz de abrir la puerta y encontrarme cara a cara con el vacío de su interior. Muchas noches, aunque las neblinas otoñales cubrían el paisaje, las pasaba bajo un acebo; en numerosas ocasiones había cenado sólo bayas y castañas, encendía una fogata en el suelo, como los gitanos-, porque el paisaje silvestre me recordaba con menos intensidad mi lamentable soledad. Contaba los días; llevaba un bastón hecho con la rama pelada de un sauce en el que marcaba los días que habían transcurrido desde el naufragio. Cada noche añadía una hendidura más a la suma.