Frankenstein
Frankenstein Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando entré en casa de mi padre. Les dije a los criados que no despertaran a mi familia, y me fui a la biblioteca a aguardar la hora en que solían levantarse.
Salvo por una marca indeleble, habían pasado seis años casi como un sueño. Me encontraba en el mismo lugar en el que por última vez había abrazado a mi padre al partir hacia Ingolstadt. ¡Padre querido y venerado! Felizmente, aún vivía. Miré el cuadro de mi madre, colgado encima de la chimenea. Era un tema histórico pintado por encargo de mi padre, y representaba a Caroline Beaufort en actitud de desesperación, postrada ante el féretro de su padre. Su vestido era rústico, y la palidez cubría sus mejillas, pero emanaba un aire de dignidad y hermosura que anulaba todo sentimiento de piedad. Debajo de este cuadro había una miniatura de William que me hizo saltar las lágrimas. En' aquel momento entró Ernest; me había oído llegar y venía a darme la bienvenida. Expresó una mezcla de tristeza y alegría al verme.