Frankenstein
Frankenstein —Sé bien cuánto pesa esto en mi contra —continuó la entristecida vÃctima—, pero no puedo dar explicación alguna. Tras expresar mi total ignorancia en este punto no me queda más que hacer conjeturas acerca de cómo pudo llegar a mi bolsillo. Pero aquà también me encuentro con otra barrera, pues no tengo enemigos y no puede haber nadie tan malvado como para querer destruirme de forma tan deliberada. ¿Fue acaso el propio asesino el que la puso allÃ? Pero no veo cómo hubiera podido hacerlo, y además, ¿qué finalidad tendrÃa robar la joya para desprenderse de ella tan pronto?
»ConfÃo mi suerte a la justicia de mis jueces, si bien veo poco lugar para la esperanza. Ruego se haga declarar a algún testigo respecto de mi reputación, y si su testimonio no prevalece sobre la acusación, que me condenen, aunque fundo mi esperanza en el hecho de ser inocente.
Se llamó a varios testigos que la conocÃan desde hacÃa muchos años, y todos hablaron bien de ella; pero el temor y la repulsión por el crimen del cual la creÃan culpable les amilanó, e impidió que la apoyaran con ardor. Elizabeth percibió que este postrer recurso, la bondad y conducta irreprochables de la acusada, también iba a fallar. Muy alterada solicitó la venia del tribunal para dirigirse a él.