Frankenstein
Frankenstein El tiempo era insólitamente bueno, y si mi tristeza hubiera sido de índole que una circunstancia pasajera hubiera podido disipar, esta excursión sin duda hubiera proporcionado el resultado que mi padre se proponía. Así y con todo, me sentía algo interesado por el paisaje, que a ratos me apaciguaba, si bien nunca anulaba mi pesar. El primer día viajamos en un carruaje. Por la 9 mañana habíamos visto en la distancia las montañas hacia las cuales nos dirigíamos. Nos dimos cuenta de que el valle que atravesábamos, formado por el río Arve cuyo curso seguíamos, se iba angostando a nuestro alrededor, y al atardecer nos encontramos ya rodeados de inmensas montañas y precipicios, y pudimos oír el furioso rumor del río entre las rocas y el estruendo de las cataratas.
Al día siguiente, continuamos nuestro viaje en mula; a medida que ascendíamos, el valle adquiría un aspecto más magnífico y asombroso. Fortalezas en ruinas colgadas de las laderas pobladas de abetos, el impetuoso Arve y casitas que aquí y allí asomaban entre los árboles constituían un paisaje de singular belleza. Pero eran los Alpes los que hacían sublime el panorama cuyas formas y cumbres blancas y centelleantes dominaban todo, como si pertenecieran a otro mundo, y fueran la morada de otra raza.