Frankenstein
Frankenstein Aquí, pues, me metí y me tumbé, contento de haber encontrado un lugar, por pobre que fuera, que me protegía de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, de la barbarie del hombre.
No bien hubo amanecido, salí de mi cubil para observar la casa adyacente y ver si me era posible seguir en mi refugio recién encontrado. Estaba adosado a la parte posterior de la casa y lo cerraban una pocilga y un estanque de agua clara. El otro lado, por el que había entrado, quedaba abierto. Procedí a tapar con piedras y leña todos los orificios por los cuales pudieran verme, pero de tal forma que me fuera posible apartarlas para salir. La única luz que entraba procedía de la pocilga, pero era suficiente para mí.
Tras haber arreglado así mi vivienda, y haberla alfombrado con paja limpia, me oculté, pues divisé en la distancia la figura de un hombre y recordaba demasiado bien el tratamiento recibido la noche anterior como para encomendarme a él. Afortunadamente tenía comida para ese día, pues había robado una hogaza y una taza, que me servía mejor que las manos para beber el agua cristalina que corría cerca de mi refugio. El suelo estaba algo levantado, de manera que permanecía seco y, por encontrarse cerca de la chimenea de la casa, era moderadamente caliente.