Frankenstein
Frankenstein Así provisto, me dispuse a permanecer en esta choza hasta que ocurriera algo que modificara mi decisión. Comparada con mi anterior morada, el desangelado bosque donde las ramas goteaban lluvia y el suelo estaba mojado, era en verdad un paraíso. Desayuné con fruición, y me disponía a levantar un madero para sacar agua cuando escuché pasos y vi, por una rendija, a una muchacha que, balanceando un cubo en la cabeza, pasaba por delante de mi cobertizo. Era joven y de aspecto dulce, distinta de lo que más tarde he comprobado que son los labriegos y los criados de las granjas. Iba vestida humildemente, con una tosca falda azul y una chaqueta de paño. Sus cabellos rubios estaban trenzados pero no llevaba adornos. Sus facciones revelaban resignación, pero su aspecto era triste. La perdí de vista, pero transcurridos unos quince minutos reapareció con el mismo recipiente, que ahora estaba medio lleno de leche. Mientras andaba, claramente incómoda por el peso, un joven de rostro aún más deprimido se dirigió a su encuentro. Con aire melancólico intercambiaron algunas palabras, y cogiéndole el cubo se lo llevó hasta la casa. Al poco tiempo vi reaparecer al joven con unas herramientas en la mano y cruzar el campo que había detrás de la casa. Asimismo, la joven también estaba ocupada, a veces dentro de la casa y otras en el patio.