Frankenstein
Frankenstein Explorando mi refugio, descubrí que una de las ventanas de la casa había dado anteriormente al cobertizo, si bien ahora el hueco se encontraba tapado por planchas de madera. Una de estas planchas tenía una diminuta rendija por la cual se podía ver una pequeña habitación, encalada y limpia, pero muy desprovista de muebles. En un rincón, cerca del fuego, estaba sentado un anciano, con la cabeza entre las manos en actitud abatida. La joven estaba ocupada arreglando la estancia. De pronto, sacó algo del cajón que tenía entre las manos y se sentó cerca del anciano, el cual, tomando un instrumento, empezó a tocar y a arrancar de él sones más dulces que el cantar del mirlo o el ruiseñor. Incluso para un desgraciado como yo, que nunca antes había percibido nada hermoso, era un bello cuadro. El cabello plateado y el aspecto bondadoso del anciano ganaron mi respeto, y los modales dulces de la joven despertaron mi amor. Tocó una tonadilla dulce y triste, que conmovió a su dulce acompañante, a quien el hombre parecía haber olvidado hasta que oyó su llanto. Pronunció entonces algunas palabras y la muchacha, dejando su tarea, se arrodilló a sus pies. El la levantó y la sonrió con tal afecto y ternura, que una sensación peculiar y sobrecogedora me recorrió el cuerpo. Era una mezcla de dolor y gozo que hasta entonces no me habían producido ni el hambre ni el frío, ni el calor, ni ningún alimento. Incapaz de soportar por más tiempo esta emoción, me retiré de la ventana.