Frankenstein

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Al poco rato regresó el chico llevando un haz de leña al hombro. La joven lo recibió en la puerta y lo ayudó con el fardo, del cual escogió algunas ramas que echó al fuego. Luego, se fueron los dos a una esquina de la habitación, y él mostró un gran pan y un trozo de queso. Ella pareció alegrarse, y salió al jardín en busca de plantas y raíces, las metió en agua y después al fuego. Luego prosiguió su labor, y el joven se fue al jardín, donde se puso diligentemente a cavar y a arrancar raíces. Al cabo de una hora, la muchacha salió a buscarlo, y juntos entraron en la casa. Entretanto, el anciano había estado pensativo; pero, al ver a sus compañeros, adoptó un aire más alegre, y se sentaron a comer. El almuerzo acabó pronto. La joven volvió a ocuparse de las tareas caseras, en tanto que el anciano, apoyado en el brazo del joven, paseaba al sol por delante de la casa. No puede haber nada más bello que el contraste de aquellos dos seres. El uno era muy mayor, con el cabello plateado, y su rostro reflejaba bondad y cariño, el otro era esbelto y muy apuesto y tenía las facciones modeladas con la mayor simetría. Sin embargo, su mirada y actitud denotaban una gran tristeza y depresión. El anciano volvió a la casa y el muchacho se encaminó a los campos, portando herramientas distintas de las de la mañana.



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