Frankenstein
Frankenstein Félix parecía traspuesto de alegría al verla; todo rasgo de tristeza desapareció de su rostro, que al instante expresó un júbilo del cual apenas lo creía capaz; le brillaban los ojos y se le encendieron de placer las mejillas, y en aquel momento me pareció tan hermoso como la extranjera. Ella a su vez experimentaba diversos sentimientos; secándose las lágrimas de sus hermosos ojos, le tendió la mano a Félix, que la besó embelesado mientras le llamaba, según pude entender, su dulce árabe. No parecía comprenderlo, pero sonrió. La ayudó a desmontar, y, despidiendo al guía, la condujo al interior de la casa. Tuvo lugar una conversación entre él y su padre. La joven extranjera se arrodilló a los pies del anciano, y le hubiera besado la mano, si éste no se hubiera apresurado a levantarla y abrazarla afectuosamente.