Frankenstein

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Pronto observé que aunque la joven emitía sonidos articulados, y parecía tener un idioma propio, los demás no la comprendían, del mismo modo que ella tampoco los comprendía. Hicieron muchos gestos que yo no entendí, pero vi que su presencia llenaba la casa de alegría, y disipaba su tristeza del mismo modo que el sol disipa las brumas matinales. Félix se mostraba especialmente feliz, y atendía a su árabe con radiantes sonrisas. Agatha, la dulce Agatha, cubría de besos las manos de la extranjera, y, señalando a su hermano, parecía querer indicarle por señas lo triste que había estado antes de su llegada. Así transcurrieron algunas horas, en el curso de las cuales manifestaron una alegría, cuya razón yo no alcanzaba a comprender. De pronto descubrí, por la frecuente repetición de un sonido, que la extranjera trataba de imitar, que intentaba aprender su lengua. Al instante se me ocurrió que yo, con el mismo fin, podía valerme de la misma enseñanza. La extranjera aprendió unas veinte palabras en esta primera lección, la mayoría de las cuales yo ya conocía.

Al caer la noche, Agatha y la muchacha árabe se retiraron pronto a descansar. Cuando se separaron, Félix besó la mano de la extranjera y dijo:

—Buenas noches, dulce Safie.


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