Frankenstein
Frankenstein Félix condujo a los fugitivos a través de Francia hasta Lyon, y luego por el Monte Cenis hasta Livorno, donde el mercader había decidido aguardar una oportunidad favorable para pasar a alguna parte del territorio turco.
Safie decidió quedarse con su padre hasta el momento de la partida, y éste renovó su promesa de otorgar la mano de su hija a su salvador. Félix permaneció con ellos a la espera del acontecimiento. Mientras tanto, disfrutaba de la compañía de la joven árabe, que le mostraba el más sincero y dulce afecto. Conversaban por medio de un intérprete, aunque a veces les bastaba el intercambio de miradas, o Safie le cantaba las maravillosas melodías de su país.
El turco permitía que esta intimidad creciera y alentaba las esperanzas de los jóvenes enamorados. Mas había concebido para su hija otros planes. Odiaba la idea de verla unida a un cristiano, pero temía la reacción de Félix, caso de demostrar sus verdaderos sentimientos, pues sabía que todavía estaba en manos de su liberador y que éste aún podía entregarlo a las autoridades italianas. Maquinó mil planes que le permitieran prolongar el engaño mientras fuera preciso, y en secreto llevarse a su hija con él cuando se fuera. Estos proyectos se vieron muy pronto favorecidos por las noticias que llegaron de París.