Frankenstein

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Avanzaba el invierno; todo un ciclo de estaciones había transcurrido desde que había despertado a la vida. Por entonces, todo mi interés se centraba en idear un plan que me permitiera entrar en la casa de mis protectores. Di vueltas a muchos proyectos; pero aquel por el que finalmente me decidí consistía en entrar en su morada cuando el anciano ciego estuviera solo. Tenía la suficiente astucia como para saber que la fealdad anormal de mi persona era lo que principalmente desencadenaba el horror en aquellos que me contemplaban. Mi voz, aunque ruda, no tenía nada de terrible. Por tanto pensé que, si en ausencia de sus hijos conseguía despertar la benevolencia y atención del anciano De Lacey, lograría con su intervención que mis jóvenes protectores me aceptaran.

Cierto día, en que el sol iluminaba las hojas rojizas que alfombraban el suelo y contagiaba alegría, si bien no calor, Safie, Agatha y Félix salieron a dar un largo paseo por el campo mientras que el anciano prefirió quedarse en la casa. Cuando los jóvenes se hubieron marchado, cogió la guitarra y tocó algunas melancólicas pero dulces tonadillas, más dulces y melancólicas de lo que jamás hasta entonces le había oído tocar. Al principio su rostro se iluminó de placer, pero a medida que proseguía tañendo fue adquiriendo un aspecto apesadumbrado y absorto; finalmente, dejando el instrumento a un lado, se sumió en la reflexión.


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