Frankenstein

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Mi corazón latía con violencia. Había llegado el momento de mi prueba, el momento que afianzaría mis esperanzas o confirmaría mis temores. Los criados habían ido a una feria vecina. La casa y sus alrededores se hallaban en silencio; era la ocasión perfecta, mas, cuando quise ponerme en pie, me fallaron las piernas y caí al suelo. De nuevo me levanté y, haciendo acopio de todo mi valor, retiré las maderas que había colocado delante del cobertizo para ocultar mi escondite. El aire fresco me animó, y con renovado valor me acerqué a la puerta de la casa y llamé con los nudillos.

—¿Quién es? —preguntó el anciano, añadiendo en seguida—: ¡Adelante!

Entré.

—Perdóneme usted —dije—, soy un viajero en busca de un poco de reposo. Me haría un gran favor si me permitiera disfrutar del fuego unos minutos.

—Pase, pase —dijo De Lacey—, y veré a ver cómo puedo atender a sus necesidades. Desgraciadamente, mis hijos no están en casa y, como soy ciego, temo que me será difícil procurarle algo de comer.

—No se preocupe, buen hombre; tengo comida —dije—, no necesito más que calor y un poco de descanso.

Me senté y se hizo un silencio. Sabía que cada minuto era precioso para mí, pero estaba indeciso acerca de cómo debía empezar la entrevista. De pronto el anciano se dirigió a mí:


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