Frankenstein
Frankenstein —Por su acento extranjero deduzco que somos compatriotas. ¿Es usted francés?
—No, no lo soy, pero me educó una familia francesa, y no entiendo otra lengua. Ahora voy a solicitar la protección de unos amigos, a quienes amo tiernamente y en cuya ayuda confÃo.
—¿Son alemanes?
—No, son franceses. Pero cambiemos de conversación. Soy una criatura desamparada y sola; miro a mi alrededor y no encuentro bajo la capa del cielo amigo o pariente alguno. Estas bondadosas gentes hacia quienes me dirijo saben poco de mà y ni siquiera me conocen. Estoy lleno de temores, pues, si me fallan, me convertiré en un desgraciado para el resto de mi vida.
—No desespere. Cierto que es una desgracia el hallarse sin amigos, pero el corazón de los hombres, cuando el egoÃsmo no los ciega, está repleto de amor y caridad. ConfÃe y tenga esperanza, y si sus amigos son bondadosos y caritativos, no tiene nada que temer.
—Son muy amables; no puede haber personas mejores en el mundo, pero por desgracia recelan de mà aunque mis intenciones son buenas. Nunca he hecho daño a nadie, por el contrario, siempre he tratado de aportar mi ayuda. Pero un prejuicio fatal los obnubila, y en lugar de ver en mà a un amigo lleno de sensibilidad me consideran un monstruo detestable.