Frankenstein
Frankenstein Pero ya mis sufrimientos estaban llegando a su fin, y dos meses después me encontraba en los alrededores de Ginebra.
Llegué al anochecer, y busqué cobijo en los campos cercanos, para reflexionar sobre el modo de acercarme a ti. Me azotaba el hambre y la fatiga, y me sentía demasiado desdichado como para poder disfrutar del suave airecillo vespertino o la perspectiva de la puesta de sol tras los magníficos montes de jura.
En ese momento un ligero sueño me alivió del dolor que me infligían mis pensamientos. Me desperté de repente con la llegada de un hermoso niño que, con la inocente alegría de la infancia, entraba corriendo en mi escondrijo. De pronto, al verlo, me asaltó la idea de que esta criatura no tendría prejuicios y de que era demasiado pequeña como para haber adquirido el miedo a la deformidad. Por tanto, si lo cogiera, y lo educara como mi amigo y compañero, ya no estaría tan solo en este poblado mundo.
Azuzado por este impulso, cogí al niño cuando pasó por mi lado, y lo atraje hacia mí. En cuanto me miró, se tapó los ojos con las manos y lanzó un grito. Con fuerza le destapé la cara y dije:
—¿Qué significa esto? No voy a hacerte daño; escúchame.