Frankenstein
Frankenstein Mientras miraba a la criatura, vi un objeto que le brillaba sobre el pecho. Lo cogí; era el retrato de una hermosísima mujer. A pesar de mi maldad, me ablandó y me sedujo. Durante unos instantes contemplé los ojos oscuros, bordeados de espesas pestañas, los hermosos labios; pero pronto volvió mi cólera: recordé que me habían privado de los placeres que criaturas como aquella podían proporcionarme; y que la mujer que contemplaba, de verme, hubiera cambiado ese aire de bondad angelical por una expresión de espanto y repugnancia.
¿Te sorprende que semejantes pensamientos me llenaran de ira? Me pregunto cómo, en ese momento, en vez de manifestar mis sentimientos con exclamaciones y lamentos, no me arrojé sobre la humanidad, muriendo en mi intento de destruirla.
Poseído de estos pensamientos, abandoné el lugar donde había cometido el asesinato, y buscaba un lugar más resguardado para esconderme cuando vi a una mujer que pasaba cerca de mí. Era joven, ciertamente no tan hermosa como aquella cuyo retrato sostenía, pero de aspecto agradable, y tenía el encanto y frescor de la juventud. «He aquí —pensé— una de esas criaturas cuyas sonrisas recibirán todos menos yo; no escapará. Gracias a las lecciones de Félix, y a las leyes crueles de la especie humana, he aprendido a hacer el mal». Me acerqué a ella sigilosamente, e introduje el retrato en uno de los pliegues de su traje.