Frankenstein
Frankenstein —Tengo la intención de razonar contigo. Esta rabia me es perjudicial, pues tú no entiendes que eres el culpable. Si alguien tuviera para conmigo sentimientos de benevolencia, yo se los devolverÃa centuplicados; conque existiera este único ser, serÃa capaz de hacer una tregua con toda la humanidad. Pero ahora me recreo soñando dichas imposibles. Lo que te pido es razonable y justo; te exijo una criatura del otro sexo, tan horripilante como yo[72]: es un consuelo bien pequeño, pero no puedo pedir más, y con eso me conformo. Cierto es que seremos monstruos, aislados del resto del mundo, pero eso precisamente nos hará estar más unidos el uno al otro. Nuestra existencia no será feliz, pero sà inofensiva, y se hallará exenta del sufrimiento que ahora padezco. ¡Creador mÃo!, hazme feliz; dame la oportunidad de tener que agradecer un acto bueno para conmigo; déjame comprobar que inspiro la simpatÃa de algún ser humano; no me niegues lo que te pido.
Me convenció. SentÃa escalofrÃos al pensar en las posibles consecuencias que se derivarÃan si accedÃa a su petición, pero pensaba que su argumento no estaba del todo falto de justicia. Su narración, y los sentimientos que ahora expresaba, demostraban que era una criatura de sentimientos elevados, y ¿no le debÃa yo, como su creador, toda la felicidad que pudiera proporcionarle? El advirtió el cambio que experimentaban mis sentimientos y continuó: