Frankenstein
Frankenstein —Si accedes, ni tú ni ningún otro ser humano nos volverá a ver. Me iré a las enormes llanuras de Sudamérica. Mi alimento no es el mismo que el del hombre; yo no destruyo al cordero o al cabritilla para saciar mi hambre; las bayas y las bellotas son suficiente alimento para mÃ. Mi compañera será idéntica a mÃ, y sabrá contentarse con mi misma suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el sol brillará para nosotros igual que para los demás mortales, y madurará nuestros alimentos. La escena que te describo es tranquila y humana, y debes admitir que, si te niegas, mostrarÃas una deliberada crueldad y tiranÃa. Despiadado como te has mostrado hasta ahora conmigo, veo sin embargo un destello de compasión en tu mirada; déjame aprovechar este momento favorable, para arrancarte la promesa de que harás lo que tan ardientemente deseo.
—Te propones —le contesté— abandonar los lugares donde habita el hombre, y vivir en parajes inhóspitos donde las bestias serán tus únicas compañeras. ¿Cómo podrás soportar tú este exilio, tú que ansÃas el cariño y la comprensión de los hombres? Volverás de nuevo, en busca de su afecto, y te volverán a despreciar; renacerá en ti la maldad, y entonces tendrás una compañera que te ayudará en tu labor destructora. No puede ser; deja de insistir porque no puedo acceder.