Frankenstein
Frankenstein —¡Qué inestables son tus sentimientos! Hace sólo un momento te sentÃas conmovido, ¿por qué de nuevo ahora te vuelves atrás y te endureces contra mis súplicas? Te juro, por esta tierra en la que habito, y por ti, mi creador, que si me das la compañera que te pido, abandonaré la vecindad de los hombres, y para ello habitaré, si es preciso, los lugares más salvajes de la Tierra. No habrá lugar para instintos de maldad, pues tendré comprensión, mi vida transcurrirá tranquila y, a la hora de la muerte, no tendré que maldecir á mi creador.
Sus palabras suscitaron en mà una sensación extraña. Le compadecÃa, y hasta llegaba en algún momento a querer consolarlo; pero cuando lo miraba, cuando veÃa esa masa inmunda que hablaba y se movÃa, me invadÃa la repugnancia, y mis compasivos sentimientos se tornaban en horror y odio. Intentaba sofocar esta sensación; pensaba que, ya que no podÃa tenerle ningún afecto, no tenÃa derecho a denegarle la pequeña parte de felicidad que estaba en mi mano concederle.
—Juras —le dije— que no causarás más daños; ¿no has demostrado ya un grado de maldad que debiera, con razón, hacerme desconfiar de ti? ¿No será esto una trampa que aumentará tu triunfo, al otorgarte mayores posibilidades de venganza?