Frankenstein
Frankenstein —¿Pero cómo? Creí haberte conmovido, y, sin embargo, sigues negándote a concederme lo único que amansaría mi corazón y me haría inofensivo. Si no estoy ligado a nadie ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser, forzosamente, mi objetivo. El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes, y me convertiría en algo cuya existencia todos desconocerían. Mis vicios son los vástagos de una soledad impuesta y que aborrezco; y mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y sucesos de la cual ahora quedo excluido.
Reflexioné un rato sobre todo lo que me había dicho y sobre los diversos argumentos que había esgrimido. Pensé en la actitud prometedora de la que había dado muestras al comienzo de su existencia, y en la degradación posterior que habían sufrido sus cualidades a causa del desprecio y odio que sus protectores le demostraron. No olvidé en mis reflexiones su fuerza y sus amenazas; un ser capaz de habitar en las cuevas de los glaciares, y de zafarse de sus perseguidores entre las crestas de los abismos inaccesibles, poseía unas facultades con las cuales sería inútil intentar competir. Tras un largo rato de meditación, llegué al convencimiento de que acceder a lo que me pedía era algo que les debía a él y a mis semejantes. Consecuentemente, volviéndome hacia él, le dije: