Frankenstein
Frankenstein Eran éstos pensamientos absurdos y desesperados, pero me es imposible describir cuánto me hacía sufrir el centelleo de las estrellas, ni cómo esperaba que cada ráfaga de viento fuera un aborrecible siroco que viniera a consumirme.
Amaneció antes de que yo llegara a la aldea de Chamonix; mi aspecto cansado y extraño no contribuyó a sosegar a mi familia, que había pasado la noche en pie aguardando ansiosamente mi regreso.
Volvimos a Ginebra al día siguiente. La intención de mi padre al venir había sido la de distraerme y devolverme la tranquilidad perdida, pero la medicina había tenido resultados nefastos. Al no poder entender la gran tristeza que parecía embargarme, se apresuró a organizar la vuelta a casa, confiando en que la paz y la monotonía de la vida familiar aliviaran mis sufrimientos, cualesquiera que fueran sus causas.