Frankenstein
Frankenstein No bien hubo terminado de hablar cuando me abandonó, temeroso quizá de que cambiara de nuevo mi decisión. Lo vi bajar por la montaña más rápido que el vuelo de un águila, y pronto lo perdí de vista entre las ondulaciones del mar de hielo. Su narración había durado todo el día, y el sol estaba a punto de ponerse cuando se marchó. Sabía que debía apresurarme a emprender mi descenso hacia el valle, pues pronto me envolvería la oscuridad, pero un gran peso me oprimía el corazón y lastraba mis pasos. El esfuerzo que tenía que hacer para caminar por los serpenteantes senderos de la montaña sin escurrirme me absorbía, aun con lo turbado que estaba por los sucesos que se habían producido durante aquella jornada. Ya muy entrada la noche, llegué al albergue situado a medio camino, y me senté junto a la fuente. Las estrellas brillaban intermitentemente, cuando no las ocultaban las nubes; los oscuros pinos se erguían ante mí, y aquí y allá se veían troncos tendidos por el hielo: era una escena de imponente solemnidad, que removió en mí extraños pensamientos. Lloré amargamente; y, juntando las manos con desesperación, exclamé:
—¡Estrellas, nubes, vientos!, ¡os queréis burlar de mí!: si en verdad me compadecéis, libradme de mis sensaciones y mis recuerdos; dejadme que me hunda en la nada; si no, alejaos, alejaos y sumidme en las tinieblas.