Frankenstein

Frankenstein

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Al verme, el hombre se dirigió a mí en inglés, si bien con acento extranjero.

—Antes de subir al navío —dijo—, ¿tendría la amabilidad de indicarme hacia dónde se dirige?

Podrás imaginar mi sorpresa al oír semejante pregunta de labios de una persona al borde de la muerte y para la cual yo habría pensado que mi barco ofrecía un recurso que no hubiese cambiado ni por las mayores riquezas del mundo. Le respondí, sin embargo, que nos dirigíamos al Polo Norte en viaje de exploración. Pareció satisfacerle y consintió en subir a bordo. ¡Santo cielo, Margaret! Si hubieras visto al hombre que de esta forma ponía condiciones a su salvación, tu sorpresa hubiera sido ilimitada. Tenía los miembros casi helados y el cuerpo horriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento. Jamás vi hombre alguno en condición tan lastimosa. Intentamos llevarlo al camarote, pero en cuanto dejó de estar al aire libre perdió el conocimiento, de manera que volvimos a subirlo a cubierta y lo reanimamos frotándolo con coñac y obligándolo a beber una pequeña cantidad. En cuanto volvió a mostrar síntomas de vida lo envolvimos en mantas y lo colocamos cerca del fogón de la cocina. Poco a poco se fue recuperando, y tomó un poco de sopa, que le hizo mucho bien.


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