Frankenstein
Frankenstein Asà pasaron dos dÃas, sin que pudiera hablar, y a menudo temà que los sufrimientos le hubiesen privado de la razón. Cuando se hubo repuesto un poco, lo llevé a mi propio camarote y lo atendà cuanto me lo permitÃan mis obligaciones. Nunca habÃa conocido a nadie más interesante. Suele tener una expresión exaltada, como de locura, en la mirada. Pero hay momentos en los que, si alguien le demuestra alguna atención o le presta el más mÃnimo servicio, se le ilumina la faz con una benevolencia y ternura que no he visto en otro hombre. Mas por lo general está melancólico y resignado; a veces aprieta los dientes, como si se impacientara con el peso de los males que lo afligen.
Cuando mi huésped se encontró un poco mejor, me costó protegerlo del acoso de la tripulación que querÃa hacerle mil preguntas. No permità que lo atormentaran con su ociosa curiosidad, ya que aún se encontraba en un estado fÃsico y moral cuyo restablecimiento dependÃa por completo del reposo. Sin embargo, en una ocasión el lugarteniente le preguntó que por qué habÃa llegado tan lejos por el hielo en un vehÃculo tan extraño.
Una expresión de dolor le cubrió el rostro de inmediato; y respondió:
—Voy en busca de alguien que huyó de mÃ.
—¿Y el hombre a quien perseguÃa viajaba de manera semejante?
—SÃ.