Frankenstein
Frankenstein Lo cierto es que me embargaban tristes pensamientos, y permanecía indiferente ante el anochecer o el dorado amanecer reflejado en el Rin. Y usted, amigo mío[76], se divertiría mucho más con el diario de Clerval, gozoso y sensible admirador del paisaje, que con las reflexiones de esta criatura miserable, perseguido por una maldición que impedía toda posibilidad de dicha.
Habíamos decidido bajar en barco por el Rin desde Estrasburgo hasta Rotterdam, donde embarcaríamos para Londres. Durante este trayecto pasamos muchas islas cubiertas de sauces, y vimos varias ciudades hermosas. Paramos un día en Mannhein, y cinco días después de salir de Estrasburgo llegábamos a Maguncia. A partir de aquí, el curso del Rin se hace mucho más pintoresco. El río desciende velozmente, serpenteando entre colinas no muy altas pero sí escarpadas y de formas muy bellas. Vimos numerosos castillos en ruinas, lejanos e inaccesibles, que, rodeados de espesos y sombríos bosques, se alzaban al borde de los despeñaderos. Esta parte del Rin ofrece un paisaje de singular variedad. Pueden verse irregulares montañas, castillos en ruinas dominando tremendos precipicios, a cuyos pies el sombrío Rin fluye en precipitada carrera; y, de repente, tras rodear un promontorio, el paisaje lo constituyen prósperos viñedos, que cubren las verdes y ondulantes laderas, sinuosos ríos y pobladas ciudades.