Frankenstein
Frankenstein Era la época de la vendimia, y, mientras viajábamos río abajo, escuchábamos las canciones de los trabajadores. Incluso yo, a pesar de mi ánimo decaído, y lleno como estaba de sombríos pensamientos, me sentía contento. Tumbado en el fondo de la barca, miraba el límpido cielo azul, y parecía imbuirme de una tranquilidad que hacía mucho no sentía. Si éstas eran mis sensaciones, ¿cómo explicar las de Henry? Se creía transportado a un país de hadas, y sentía una felicidad poco común en el hombre.