Frankenstein
Frankenstein —He visto —decÃa— los parajes más hermosos de mi paÃs; conozco los lagos de Lucerna y Uri, donde las nevadas montañas entran casi a pico en el agua, proyectando oscuras e impenetrables sombras que, de no ser por los verdes islotes que alegran la vista, parecerÃan lúgubres y tenebrosos; he visto también agitarse este lago con una tempestad, cuando el viento arremolinaba las aguas, dando una idea de lo que puede ser una tromba marina en el inmenso océano; he visto las olas estrellarse con furia al pie de las montañas, donde cayó la avalancha sobre el cura y su amante[77], cuyas moribundas voces, se dice, todavÃa se oyen cuando se acallan los vientos; he visto las montañas de Valais y las del paÃs de Vaud[78], pero este paÃs, VÃctor, me gusta mucho más que todas aquellas maravillas. Las montañas de Suiza son más majestuosas y extrañas; pero hay un encanto especial en las márgenes de este rÃo tan divino, que no es comparable a nada. Mira ese castillo que domina aquel precipicio; y ese en aquella isla, casi oculto por el follaje de los hermosos árboles; y ese grupo de trabajadores que vienen de sus viñedos; y esa aldea medio oculta por los pliegues de la montaña. Sin duda, los espÃritus que habitan y cuidan de este lugar tienen un alma más comprensiva para con el hombre que aquellos que pueblan el glaciar o que se refugian en las cimas inaccesibles de las montañas de nuestro paÃs.