Frankenstein
Frankenstein ¡Clerval!, ¡amigo del alma!, incluso ahora me llena de satisfacción recordar tus palabras y dedicarte los elogios que tan merecidos tienes. Era un ser que se había educado en «la poesía de la naturaleza»[79]. Su desbordante y entusiasta imaginación se veía matizada por la gran sensibilidad de su espíritu. Su corazón rezumaba afecto, y su amistad era de esa naturaleza fiel y maravillosa que la gente de mundo se empeña en hacernos creer que sólo existe en el reino de lo imaginario. Pero ni siquiera la comprensión y el cariño humanos bastaban para satisfacer su ávida mente. El espectáculo de la naturaleza, que en otros despierta simplemente admiración, era para él objeto de una pasión ardiente:
La sonora catarata
le obsesionaba como una pasión: la erguida roca,
la montaña, y el bosque sombrío y tupido,
sus formas y colores, eran para él
un deseo; un sentimiento, y un amor,
que no necesitaba de otros encantos remotos,
que el pensamiento puede proporcionar, u otro atractivo
que los ojos jamás vieron[80].