Frankenstein

Frankenstein

En Clerval veía la imagen de lo que yo había sido[84]; era inquisitivo y estaba ansioso por adquirir sabiduría y experiencia. La diferencia de costumbres que advertía era para él fuente inagotable de enseñanza y distracción. Estaba siempre ocupado; y lo único que empañaba su felicidad era mi abatimiento y pesadumbre. Yo, por mi parte, intentaba disimular mis sentimientos cuanto podía, a fin de no privarle de los lógicos placeres que uno siente cuando, libre de tristes recuerdos y agobios, encuentra nuevos horizontes en su vida. A menudo me excusaba, alegando compromisos anteriores, para así no tener que acompañarlo, y poder permanecer solo. Comencé a recabar por entonces los materiales que necesitaba para mi nueva creación, lo que me suponía la misma tortura que para los condenados el interminable goteo del agua sobre sus cabezas. Cada pensamiento dedicado al tema me producía una tremenda angustia, y cada palabra alusiva a ello hacía que me temblaran los labios y me palpitara el corazón.







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