Frankenstein
Frankenstein Londres era nuestro lugar de asiento, y decidimos quedarnos algunos meses en esta maravillosa y célebre ciudad. Clerval quería conocer a los hombres de genio y talento que despuntaban entonces, pero para mí esto era secundario, pues mi principal interés era la obtención de los conocimientos que necesitaba para poder llevar a cabo mi promesa. A este fin, me apresuré a entregar a los más distinguidos científicos las cartas de presentación que había traído conmigo.
Si este viaje hubiera tenido lugar en la época de mis primeros estudios, cuando aún estaba lleno de felicidad, me habría proporcionado un inmenso placer. Pero una maldición había ensombrecido mi existencia, y sólo visitaba a estas personas con el afán de conseguir la información que me pudieran proporcionar acerca del tema que, por motivos tan tremendos, tanto me interesaba. La compañía de otras personas me resultaba molesta; cuando me encontraba solo podía dejar vagar mi imaginación hacia cosas agradables; la voz de Henry me apaciguaba, y así llegaba a engañarme y a conseguir una paz transitoria. Pero los rostros gesticulantes, alegres y poco interesantes de los demás me volvían a sumir en la desesperación. Veía alzarse una infranqueable barrera entre mis semejantes y yo; barrera teñida con la sangre de William y Justine; y el recuerdo de los sucesos relacionados con estos nombres me llenaba de angustia.
