Frankenstein
Frankenstein Visité Edimburgo con espÃritu distraÃdo; y, sin embargo, esa ciudad hubiera despertado el interés del ser más apático. A Clerval no le gustó tanto como Oxford, pues le habÃa atraÃdo mucho la antigüedad de esta ciudad. Pero la belleza y regularidad de la moderna Edimburgo, su romántico castillo y los alrededores, los más hermosos del mundo, Arthur's Seat, Saint Bernard's Well y las colinas de Portland, le compensaron el cambio y lo llenaron de alegrÃa y admiración. Yo, sin embargo, estaba intranquilo por llegar al término de nuestro viaje.
Salimos de Edimburgo al cabo de una semana, pasando por Coupar, Saint Andrews y siguiendo la orilla del Tay hasta Perth, donde nos esperaba nuestro amigo. Pero yo no me sentÃa con fuerzas para conversar y reÃr con extraños, o para adaptarme a sus gustos y planes con la disposición propia de un buen huésped, de manera que le dije a Clerval que visitarÃa solo el resto de Escocia.
—Diviértete —le dije—. Aquà nos encontraremos de nuevo. Puede que me ausente un mes o dos; pero no te inquietes por mÃ, te lo ruego. Déjame un tiempo en la paz y soledad que necesito; y cuando regrese, espero hacerlo con el corazón más aligerado y más de acuerdo con tu estado de ánimo.
Henry trató de disuadirme; pero, al verme tan decidido, dejó de insistir. Me rogó que le escribiera con frecuencia.