Frankenstein
Frankenstein —PreferirÃa —dijo— acompañarte en tus excursiones solitarias que quedarme con estos escoceses a quienes apenas conozco. Apresúrate a regresar, querido amigo, para que de nuevo me sienta como en casa, cosa que me será imposible durante tu ausencia.
Despidiéndome de mi amigo, decidà buscar algún apartado lugar de Escocia donde concluir a solas mi labor. No tenÃa ninguna duda de que el monstruo me seguÃa y de que, una vez hubiera terminado mi obra, se me presentarÃa para recibir a su compañera.
Tomada esta resolución, atravesé las tierras altas del norte y elegÃ, como lugar de trabajo, una de las islas Orcadas[90], que eran las más alejadas. Era éste un lugar idóneo para llevar a cabo mi tarea, pues era poco más que una roca cuyos escarpados laterales batÃan las olas constantemente. El terreno era yermo, apenas si ofrecÃa pasto para algunas escuálidas vacas y avena para sus cinco habitantes, cuyos cuerpos esqueléticos y retorcidos daban prueba de su miserable existencia. El pan y las verduras, cuando se permitÃan semejantes lujos, e incluso el agua potable, venÃan del continente, que quedaba a unas cinco millas de allÃ.