Frankenstein
Frankenstein En toda la isla no habÃa más que tres mÃseras chozas, una de las cuales encontré desocupada al llegar. La alquilé. TenÃa sólo dos cuartos, que mostraban la suciedad propia de las más absoluta indigencia. La techumbre, de ramas y rastrojos, se estaba hundiendo; las paredes no estaban encaladas, y la puerta colgaba, torcida, de uno de los goznes. Ordené que la repararan, compré algunos muebles y me instalé, lo que sin duda hubiera ocasionado bastante sorpresa de no ser porque la necesidad y la pobreza habÃan entumecido por completo las mentes de estos habitantes. El hecho es que ni me molestaban ni curioseaban, y apenas si me agradecieron los vÃveres y ropas que les di, lo que demuestra hasta qué punto el sufrimiento insensibiliza incluso los sentimientos más elementales del hombre.
En este retiro dedicaba las mañanas al trabajo; pero por la noche, cuando el tiempo lo permitÃa, paseaba por la pedregosa playa y escuchaba el bramido de las olas que rompÃan a mis pies. Era un paisaje monótono y a la vez siempre cambiante. Me acordaba de Suiza y lo distinta que era de este lugar desolado y atemorizante. AllÃ, las viñas cubren las colinas, y las casitas puntillean tupidamente las llanuras. Sus hermosos lagos reflejan un cielo suave y azul; y cuando los vientos los alteran, su efervescencia es como un juego de niños, comparada con los bramidos del inmenso océano.