Frankenstein

Frankenstein

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En toda la isla no había más que tres míseras chozas, una de las cuales encontré desocupada al llegar. La alquilé. Tenía sólo dos cuartos, que mostraban la suciedad propia de las más absoluta indigencia. La techumbre, de ramas y rastrojos, se estaba hundiendo; las paredes no estaban encaladas, y la puerta colgaba, torcida, de uno de los goznes. Ordené que la repararan, compré algunos muebles y me instalé, lo que sin duda hubiera ocasionado bastante sorpresa de no ser porque la necesidad y la pobreza habían entumecido por completo las mentes de estos habitantes. El hecho es que ni me molestaban ni curioseaban, y apenas si me agradecieron los víveres y ropas que les di, lo que demuestra hasta qué punto el sufrimiento insensibiliza incluso los sentimientos más elementales del hombre.

En este retiro dedicaba las mañanas al trabajo; pero por la noche, cuando el tiempo lo permitía, paseaba por la pedregosa playa y escuchaba el bramido de las olas que rompían a mis pies. Era un paisaje monótono y a la vez siempre cambiante. Me acordaba de Suiza y lo distinta que era de este lugar desolado y atemorizante. Allí, las viñas cubren las colinas, y las casitas puntillean tupidamente las llanuras. Sus hermosos lagos reflejan un cielo suave y azul; y cuando los vientos los alteran, su efervescencia es como un juego de niños, comparada con los bramidos del inmenso océano.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker