Frankenstein
Frankenstein —Calla, diablo, y no envenenes el aire con tus malvados ruidos. Te he comunicado mi decisión, y no soy un cobarde al que puedas convencer con tus amenazas. Déjame; soy implacable.
—Bien. Me iré; pero recuerda: estaré a tu lado en tu noche de bodas.
Abalanzándome sobre él, grité:
—¡Miserable! Antes de firmar mi sentencia de muerte asegúrate de que tú estás a salvo.
Hubiera querido atacarlo; pero me esquivó, y salió de la casa con rapidez. Al cabo de pocos instantes lo vi en la barca cruzando las aguas como una saeta, y pronto se perdió entre las olas.